Relatos

 

 

SRA. SHIFFON

Guadalupe Eichelbaum

Supongo  que nunca debí escoger a una vaca como niñera de mis hijos pero he de decir que, en su momento, me pareció una idea extraordinaria en todos los sentidos. Es más, debo añadir que, durante mucho, o más bien podría decir bastante tiempo funcionó a las mil maravillas (o a las ochocientas cincuenta); al menos para mí. Ahora, cuando pienso acerca de mí, no pienso que me caracterice por mi creatividad pero aquel día, el día que se me ocurrió y lo llevé a la práctica (fue todo en la misma fecha, soy una mujer decidida, de acción) me creí la más imaginativa de las mujeres todas del planeta. Escogí una vaca algo escuálida y desnutrida porque si no, no iba a caber en la bañera, que era donde tenía que dormir. Realmente un piso de cien metros cuadrados no es tan grande si han de habitarlo siete niños, una mujer y una vaca. Pero yo no le decía jamás a mi querida Señora Shiffon que era una esmirriada, no; no hubiera herido sus vacunos sentimientos con semejante falta de educación. Yo solía decirle:

–Sra. Shiffon, eres la vaca más esbelta, delgada y hermosa de toda la región.

Y le daba un besito rápido en la testuz antes de desearle buenas noches y apagarle la luz del cuarto de baño.

Era una señora, mi vaca, no sólo porque decidiera ponerle de nombre Sra. Shiffon, que me pareció el más apropiado, tan digno y tan distinguido, sino por cómo caminaba por el pasillo de ese modo tan señorial, con seguridad en sí misma, la cabeza alta, el rabo balanceándose rítmicamente a un lado y otro. Tenía esos ojos grandes, oscuros y sinceros que tiene el ganado. Y sus cuernos, a los que yo sacaba brillo todos los viernes con el mismo producto con el que limpiaba la plata, tan bellos, rotundos e inquebrantables, como diciendo: soy amable pero no me provoques porque, llegado el caso, soy capaz de defenderme. Sí, he de confesarlo, me sentía identificada con ella aunque yo no tuviera rabo ni cuernos, no seáis simples ni caigáis en el chiste fácil y ordinario. Me sentía su hermana: pacífica pero segura y sabiendo defenderme. Me parecía que yo era tan vaca como ella humana o incluso yo más vaca y ella más humana.

El mismo día que la traje a casa le colgué un cencerro. He de reconocer que me fascinan los cencerros y lo tenía comprado desde años atrás. Me cuesta, pero me he propuesto no omitir ningún detalle y voy a ceñirme a mi propósito. Mi querido y difunto esposo lo llevó colgado durante varios días mientras estaba en casa, sólo por darme el gusto. Pero dejó de usarlo porque, en una ocasión olvidó quitárselo para ir a la oficina y no resultó muy grato para él ser el blanco de las miradas de los transeúntes cuando caminaba por las mismas calles que cada día recorría al dirigirse a su trabajo. Se percató del motivo por el cual no cesaban de sonreír y cuchichear al verlo, cuando percibió su imagen reflejada en un escaparate y, por lo visto, en ese preciso instante pasó por su mente algún vocablo de mal gusto dirigido hacia mi persona (vocablo que no llegó a referirme nunca) y tomó la firme determinación de que me dieran morcilla a mí y a mis estrafalarias ideas. Así de tajante fue su decisión.

No suelo darme por vencida y, viendo que con mi marido no había tenido éxito, decidí intentarlo con Mateo, mi primogénito; que, por aquel entonces, contaba con diez años de edad. Para evitar el error cometido con mi difunto esposo, que en paz descanse, decidí que Mateo llevaría puesto el cencerro a todas partes y se lo quitaría sólo para dormir, con idea de evitar que se lastimara el cuello. Nada más que dos días duró el pusilánime de mi hijo con el estupendo cencerro que le favorecía tanto. Llegó llorando del colegio y con un ojo morado por una pelea ocasionada por el hecho de que los demás niños del colegio se metían con él y lo insultaban por llevar tan original objeto a modo de collar. Resulta increíble lo cerradas que son las mentes de las personas, incluidas las de los niños. Por lo visto hasta la maestra le regañó. Pero qué débil de carácter es mi Mateo, si total, los insultos, tal como me relató él, consistían en llamarlo “vaca”.

–¡Vaya tontería! –le dije yo –Eso no es un insulto, es un piropo.

–Sí, mamá, pero mientras me piropean a grito limpio me tiran piedras y me dicen que me vaya a pastar al campo.

Visto lo visto tuve que conformarme pero no sé si hice lo correcto, después de todo quizás debí obligarle a aprender a llevar un cencerro con orgullo.

Al año siguiente falleció mi amado esposo y me quedé sola con mis siete hijos, siete bocas que alimentar a base de legumbres, patatas y arroz, que no me llegaba para otras viandas de más alto precio.

Entonces comencé a trabajar de costurera y me di cuenta de cuánto precisaba una niñera. Y fui a buscar una vaca y conocí a la Sra. Shiffon, un encanto en cuatro patas. En seguida la Sra. Shiffon se hizo cargo de la tarea educativa que le había sido encomendada, ante el regocijo y la algarabía de mis siete retoños cuyas edades estaban comprendidas entre la de Mateo, que ya iba a cumplir los doce y la de Simón, de tres. En medio estaban Sandra, con diez; Alberto, con ocho; Esteban, con siete; Silvia, con seis y Rigoberto, con cinco. Aunque Alberto y Esteban, que eran los más traviesos, se dedicaron al principio a tirarle del rabo y las orejas, la Sra. Shiffon puso orden rápidamente con unos leves impactos de sus pezuñas en los sendos traseros de los susodichos y ese comportamiento inapropiado fue cortado de raíz.

Los chiquillos subían a Simón y a Rigoberto sobre el lomo del noble animal y ella los paseaba de un extremo a otro del pasillo con paciencia infinita, mientras los chicos mayores hacían sus deberes escolares o ayudaban, más bien poco, en las tareas domésticas.

Pero claro, los niños pronto se cansan de las novedades y transcurridos algunos meses despreciaron los recorridos a lomos de la Sra. Shiffon. Y, si al principio corrían a contarle a todo el que prestara oídos que tenían una vaca por niñera, faltó tiempo para que Mateo y Sandra comenzaran a avergonzarse ante sus amigos de una situación tan anómala.

Quizás le di demasiada autoridad a la Sra. Shiffon. Quizás debí intervenir cuando los chicos empezaron a tratarla mal, pero ella parecía arreglárselas. Cuando Mateo, ya con catorce años, se escapó de su habitación para irse con sus amigos una noche que estaba castigado, la Sra. Shiffon lo aguardó despierta hasta la madrugada, esperó a que el muchacho se durmiera y se zampó sus rubios rizos cual si fueran verde pasto. A la mañana siguiente Mateo se despertó y, viendo restos de sus cabellos sobre la almohada, se palpó la cabeza y salió disparado gritando, hacia el cuarto de baño. ¡La cantidad de improperios que salieron de su boca cuando vio su cabeza casi pelada con pequeños mechones diseminados aquí y allá! Yo sonreía entre dientes. Le estaba bien empleado. Y, ¿por qué tenía que ser tan presumido?

Meses después le sucedió lo mismo a Sandra por llegar tarde a la hora del almuerzo. Creo que ahí la Sra. Shiffon puede que cometiera un error, que el castigo fuera excesivo; pero yo no quise entrometerme ni menoscabar su autoridad; y menos en esos momentos en que los mayores tenían esa edad tan difícil en la que una no sabe cómo pararles los pies. Puede que fuera a tenor de aquel percance, con lo que lloró Sandra por su hermosa, larga y ondulada cabellera, cuando comenzó a fraguarse la tragedia. Soy consciente de que ahí tenía que haber hecho algo, pude parar aquello, estoy casi segura.

Porque el detonante final sucedió cuando Esteban, que andaba por los nueve años de edad, robó un juguete en unos almacenes. Eso fue una falta grave, estuvo muy mal por su parte. Y la Sra. Shiffon hizo guardia en la puerta para que el crío no pudiera salir a jugar durante todas las tardes de aquel mes primaveral. Esteban probó mil y una triquiñuelas para evadir la vigilancia, pero no le valieron de nada. Entonces se rebeló y comenzó a patear a la Sra. Shiffon. Ella era buena, pacífica, tranquila, pero aquella agresión injusta y vil hizo mella en su ánimo y, en un impulso, desconozco hasta qué punto premeditado o no, propinó una cornada en el culo del chaval; no lo hizo muy fuerte, no a mala idea, pero sí que le produjo una herida que sangraba considerablemente. Tuve que llamar al médico, el cual, tras coser la piel de allí donde la espalda pierde su casto nombre con cinco puntos de sutura, me miró con ojos cargados de severidad y, con voz grave, me conminó a despedir a la Sra. Shiffon de su labor al cuidado de los ya no tan pequeños niños. Me indignó que osara darme su opinión cuando yo no se la había solicitado y así se lo hice saber, recordándole, de camino, la cantidad de horas que tenía que dedicar a la costura para poder sacar adelante a esos mocosos desagradecidos que estaban al borde de un motín.

Me sentí la capitana de un navío grácil y consistente que surcaba los mares, frente a un matasanos corto de miras que hablaba de lo que no sabía. Pero el tiempo desinfló las velas de mi barco y le dio la razón al deslenguado medicastro.

Lo tenían planeado, lo sé. No sé cuándo, ni cómo lo idearon, pero, como ya os he dicho, dedicaba tantas horas  a la casa y al trabajo que había delegado en la Sra. Shiffon el tema de los niños y su problemática, casi no sabía ni lo que hacían.

Aprovecharon un día que yo debía viajar en tren hasta una localidad cercana para llevar la ropa arreglada a distintas clientas que querían que su vestimenta fuera entregada a domicilio. Eso ocurría una vez cada dos o tres meses, no más.

Actuaron con premeditación y alevosía. No sé cómo seguir. ¡Qué pena tan grande! Cuando volví a casa, ya de noche, los hallé a todos cenando, juntos, vestidos con sus mejores trajes, a una mesa engalanada con el mantel más fino que teníamos y la cubertería de las ocasiones especiales. Pensé que había algo que celebrar y aguardé expectante a oír las buenas nuevas. Pero sólo obtuve miradas de complicidad entre ellos y respuestas cortas y sin sentido, acompañadas de risitas nerviosas. El único que fue capaz de hablarme fue Mateo, me sostuvo la mirada y me preguntó con voz que intentaba ser segura pero sonaba extraña:

–Madre, ¿Quieres cenar?

Fue entonces cuando me fijé en los platos: había carne en ellos; en realidad no quedaba nada de carne en ellos, nada más que huesos y restos, porque ya habían dado buena cuenta de la misma. ¿De dónde han sacado el dinero?, me pregunté, hasta que la terrible sospecha cayó sobre mí como un haz de luz en un cielo extenso, gris y completamente cubierto de nubes.

¡Sra. Shiffon!, pensé, y grité y la llamé y la busqué por toda la casa sin hallarla…porque sí, esos malditos rufianes salidos de mis entrañas, hartos de su autoridad y cansados también de legumbres, patatas y arroz, la habían llevado al carnicero, el cual, a cambio de un pedazo de carne de ternera, había sacrificado al animal y separado su cuerpo en las porciones correspondientes, gran parte de las cuales se hallaban ya en el interior del aparato digestivo de mis retoños, que habían tenido la crueldad y el cinismo de actuar como si aquello fuera una festividad.

Sé que los desatendí, con motivo o sin él, sé que no me comporté bien, sé que estaban hastiados, pero no podré perdonarles mientras viva.

Aunque eso ya va a ser poco tiempo. Tiempo. Ha transcurrido ya el que me correspondía y ya sólo me quedan unas migajas del pastel de la vida. Vivo sola en el enorme piso de cien metros cuadrados que ahora, solo para mí, es tremendamente grande, inmenso. Hace muchísimos años que no veo a mis hijos. Simón, el más pequeño, el más inocente, es el único que de vez en cuando me hace una escueta visita. Se ha hecho vegetariano.

Reconozco, que dios me perdone, que añoro más a la Sra. Shiffon que a mi difunto esposo. Aún me parece escuchar el cencerro sonar, junto con el ruido característico de sus elegantes andares, por el pasillo.

 

Relato publicado en el Boletín de la O.N.G Málaga Acoge en 2002

MI LADO DE LA VERJA

Guadalupe Eichelbaum

Estoy a un lado de la reja. Al otro lado del que estás tú. Del lado que no quiere nadie. Que no quiere nadie para estar en él. Que no quiere nadie ver, ni oír. De ese lado estoy yo. Mi piel es oscura. ¿Y qué?. Ya está todo dicho. Da igual lo que yo diga. Da igual lo que yo haga. No puedo atravesar estos barrotes de metal que me separan, injustamente, del otro lado. Del tuyo. Daría mi vida por pasar a ese lado. Por eso no me importa arriesgarla atravesando desiertos, embarcándome en pateras o trepando, una y otra vez, verjas como esta. Porque tengo mujer y la quiero, como cualquiera que esté al otro lado puede querer a la suya. Y ella tiene hambre. Y tengo hijos. Y tienen  hambre. Se mueren de hambre. Y yo no tengo comida. Yo se que para ti no significa nada si te digo que mis hijos tienen hambre. No son tus hijos, ni tus sobrinos, ni ese vecinillo tan gracioso de tu bloque. No los conoces. Para ti son como los niños de los anuncios de la tele de las ONGs que recaudan dinero para gente que sólo son números en tu corazón. Para mí no son datos. Son mis hijos. Lo son todo. Cuando mi pequeña Sohaila tiene hambre ni siquiera me lo dice. No hace falta. Quizás tienes tus propios hijos. Seguro que cuando tienen  hambre no hace muchas horas desde que comieron y, cuando yo te lo digo de mis niños te los imaginas diciéndolo como lo harían los tuyos. Una voz quejosa, de cuando se ponen tontitos, que resulta molesta al oído, carente de importancia. ¡Cállate ya, que poca paciencia tienes!. Toma un poco de pan mientras se hacen los filetes. Pero ese no es mi mundo. Tú no sabes lo que se siente cuando los ves débiles, cuando no se molestan en abrir la boca para pedir y sólo se lo notas en los ojos. No necesitan oír que no hay nada. Saben que, de haberlo, nuestros rostros lo hubieran reflejado, lo tendrían ya en las manos. No los has visto compartir un mendrugo con desesperación, con una ansiedad que, al principio, te impresiona. Ya no. Hubo un tiempo en que comían todos los días. Hace mucho. Antes de que comenzara la guerra Pero tú necesitas el dinero, claro. No tienes tanto como muchas otras personas que conoces. Ellos son los que deberían hacer donativos. Ellos y los políticos, que toman siempre las decisiones erróneas. Tú no puedes hacer nada, que ya mismo es el cumpleaños de tu hijo mayor y quiere celebrarlo en el Mac Donalds. Y estás sin un duro después del dineral que te tuviste que gastar para Reyes. .Y claro está, no le vas a dar tu dinero, con lo que te cuesta ganarlo, a una organización de esas, que sólo se dedican a robar, que si les llegara al tercer mundo ya se habría solucionado el problema del hambre. Ya he oído todo eso en muchas ocasiones. La última vez que conseguí llegar a tu lado de la reja. Duró poco, aprendí mucho. Cuando iba en el metro, entendía casi todas vuestras conversaciones. Habláis de películas, de fútbol, de comida, de dinero, de que no os llega a fin de mes. Abdul y yo nos reíamos. Por las noches, cuando se gastaba el gas de la bombona de butano que conseguimos en el rastro, de segunda mano, y nos consolábamos del frío y las ausencias con los cartones de vino tinto, nos reíamos tanto. Aunque, a veces, no sabía si sus lágrimas eran de las provocadas por la  risa o de las de verdad. A veces, ni siquiera sé de qué eran las mías. Notaba en el, prácticamente imperceptible, gesto de las narices de la gente amable, que no olía bien. En el resto de la gente el gesto era imposible de no percibir. También escuchaba a muchas madres que, al pasar por mi lado, apretando la manita de su hijo pequeño, y el paso, cuchicheaban acerca de mi olor a vino. Y yo aprendí lo que era el rencor cuando se convierte en una sensación que te abruma, te desborda, se va adueñando de ti y te cuesta recordar quien eras y cómo te veían las personas que te querían. Cómo te acariciaba tu madre, cómo la mirada que recibías de tus hermanos era, en ocasiones, de admiración, otras, de enfado, pero siempre con un cariño latente que no consigues llevar a tu memoria. Es difícil acordarse de cuando tu mujer te miraba con amor y con deseo. Del inmenso amor que te tienen tus hijos, allí donde están, sobreviviendo gracias a tu sufrimiento. Nunca sabré si me valía la pena conseguir traer todo eso a mi memoria cuando el odio amenazaba con llenar mi corazón, vaciándolo de todo lo demás, porque, entonces, el dolor saltaba su barrera y me abatía de una forma tan bestial que apenas si podía levantarme al día siguiente. Apenas si podía encontrarle un sentido a la vida. Y aún así, estoy aquí, de nuevo, he vuelto a llegar a esta verja, a la frontera entre un mundo y otro, entre uno y otro dolor. No se si tendré fuerzas. Cada vez tengo menos esperanza. “La esperanza es lo último que se pierde”. Eso me decía aquella mujer de la parroquia que me consiguió latas de comida por Navidad. Y allá se iba luego ella, mentalizada para olvidarse pronto de mi triste situación, que si se deprimía no iba a seguir ayudando a nadie, y de qué me iba a servir a mí que ella se apenara. Luego me la crucé por la calle. Lamentó cruzarse conmigo llevando bolsas llenas de juguetes nuevos, envueltos en papel con el membrete del comercio donde los había adquirido, mientras yo llevaba mis latas de piña, de maíz y de guisantes como todo posible obsequio para mi prole. Y no me importaba. Bueno, había conseguido que no me importara casi todo el rato, excepto cuando cometí el error de detenerme ante un escaparate lleno de castillos que se armaban con un gran número de piezas que mis dos mayores hubieran valorado como un milagro. A mi lado se detuvieron dos niños de la edad de mis hijos más o menos, entre siete y nueve años. Los miré intentando imaginarme a los míos. Se rompió el encanto cuando empezaron a enumerar todo lo que iban a pedirse: una video consola, una “geim boi” y yo que se más. Aquellos fabulosos castillos les parecían una baratija. Intenté valorar lo que tenía. Comida para mí y algo de dinero para mandar a mi gente. Ya era bastante. Cuando me encontré a la amable señora de la parroquia y me miró azorada, volví a sentir que la diferencia se me clavaba en el cerebro como una flecha venenosa que va expandiéndose por la sangre. Me hubiera gustado poder contárselo a mi mujer, pero no era fácil, yo he aprendido a escribir sólo en español, ella no sabe leer, la que mejor lee es mi Noa, la mayor, pero no en castellano. Da igual, no lo entendería. Es imposible explicar cómo es esto. Es otro mundo, otro Universo. Cuando regresé a mi hogar no fue voluntariamente, y mis posibles explicaciones ya no tenían mucha importancia. Yo tenía un hijo menos, nadie me lo había podido contar. Y el cielo se puso negro. Y el odio me infectó de nuevo. No podía evitarlo: una y otra vez resonaban en mis oídos un sinfín de frases que me atravesaban: “No le des dinero, a saber en qué se lo gasta. Tú haz lo que tú quieras, pero… ¿No ves como huele a vino?”, “Yo no entiendo para qué vienen si no tienen papeles, que se queden en su país hasta que hagan los trámites esos, si es que,…”, “¡Ay, hijo, si yo no tengo dinero, tengo que ir a comprar y cada día está todo más caro.”. Y todos los niños yendo al médico, con las medicinas que necesitaban, no como mi Yaifa, que se había muerto preguntando cuando volvía su papá. Y ahora tengo que volver a atravesar esta repugnante frontera donde se supone que tengo que agradecer cada porquería que me dan mientras todo el mundo, o casi todo, tiene tanto y no lo sabe. Tengo que intentar mantener el equilibrio como pueda entre el odio, el dolor, el temor a no volver a ver al resto de mis pequeños. Otra vez a escuchar y escuchar, a suplicar trabajos, sólo. Y sigo aquí, esperaré a que sea más de noche. No se cómo voy a hacerlo esta vez. “La esperanza es lo último que se pierde”. O no. Y a ti que te importa mi historia, bastante tienes con tus problemas. Yo seguiré con los míos, como pueda. Y si me pregunto: ¿Por qué? Mi respuesta es: porque nací en este lado de la reja. ¿Y tú? ¿Te has preguntado alguna vez porqué siempre has tenido un plato de comida en la mesa a la hora de comer? ¿Por qué siempre que has estado enfermo has ido al médico y te han comprado las medicinas? Tienes razón. Para qué te vas a hacer tantas preguntas. Seguro que tienes otras cosas en que pensar. No te vas a comer el coco. Seguro que tú no puedes hacer nada para arreglarlo. ¿Sabes qué es lo más triste de todo? Que, si te soy sincero, seguramente, si yo hubiera nacido en tu lado de la reja, tampoco me preguntaría nada. Cuando pienso en eso siento alivio. Son los únicos momentos en que siento gratitud por las personas que me echan una mano en este mundo, que no es el mío porque no me dejan. Ahora ya me he desahogado, como decía Abdul: “Escribe, hermano, sácalo todo. Verás como te sientes mejor”. No lo se, amigo. ¿Dónde estarás? Ojalá vuelvas a cruzarte en mi camino. No se me ocurre nadie mejor para reír con el vino barato. Tengo miedo. Ya no se me ocurre nada más y se hace tarde.

 

 

 

 

EL PUNTO NEGRO

Guadalupe Eichelbaum

Esta mañana, al despertarme, entreabrí los ojos y vi lo mismo que casi siempre: el despertador (con sus horribles números de color verde fluorescente), los pañuelos de papel para sonarme la nariz, un par de libros, una botella de agua, el marco con la foto de mi viaje a Londres y la lámpara, es decir, lo que hay sobre mi mesita de noche. Pero tuve una extraña premonición o quizás es que ya lo divisé pero como era tan pequeño no llegué a ser consciente de que lo había visto. Un ratito después, mientras me cepillaba los dientes, lo pude observar claramente: un puntito negro en el espejo del baño. Intenté borrarlo con el dedo y no se iba. No tenía consistencia. No estaba en el espejo. Estaba en mi ojo, o en los dos. Tenía un problema grave de visión y debía acudir al oftalmólogo sin falta. “Tendré que ir a uno de pago”.-pensé mientras hacía buches-“porque el de la seguridad social va a tardar meses en verme y esto es molesto y parece importante”.

Ya en la calle lo seguía distinguiendo, pero en el lado contrario al que lo había visto en casa. “A ver si mi problema va a ser neurológico”-me dije-“porque esto no es normal”.

Pero entonces ocurrió algo curioso. Aceleré el paso porque iba a perder el autobús y lo perdí de vista.

¿Se había quedado atrás?

Enseguida me alcanzó y avanzaba entre mis pies. Definitivamente era realmente increíble lo que me estaba sucediendo. Aunque suene ridículo me propuse despistarlo y quitármelo de encima como si fuera un delincuente al que persigue un coche de la policía. Para ello estuve a punto de coger un autobús y en el último momento me bajé, ante la atónita mirada del conductor que ya me había cobrado el billete y me subí a otro que estaba ya arrancando.

El punto estaba a mi derecha en el suelo, como un perrito fiel.

“Ahora te vas a enterar, punto de mierda”, me dije, ya me estaba tocando las narices el puntito. Me bajé en la siguiente parada y corrí como una loca cambiando de sentido repentinamente, girando a derecha e izquierda sin pensar, metiéndome por distintas calles. Al principio estaba enfadada, luego disfruté como una niña pequeña jugando al pilla-pilla más loco de su vida y acabé con flato, reventada, en una parte de la ciudad que no conocía, y teniendo que llamar al trabajo para explicar que llegaría tarde por motivos personales que ya especificaría más tarde, mientras el punto oscilaba junto a mi rodilla izquierda, como riéndose de mí.

Decidí, llegados a este punto (valga la redundancia), ignorarlo y dedicarme a mis obligaciones. En la oficina me inventé cualquier excusa para el retraso y me concentré en el papeleo. Mientras estuve absorta en los formularios que tenía que revisar me olvidé del punto pero a la hora del almuerzo ya no era un punto sino una mancha que avanzaba conmigo, flotando junto a mí. En algún momento pegué un respingo al volver a verlo tras un instante en que había desaparecido de mi campo de visión, cuando surgió por detrás repentinamente. Jamás he tenido más ganas de volver al trabajo que hoy en la sobremesa. Fue instantáneo. Concentrarme en mi tarea y no ver al borrón negro que se había empeñado en hacerme compañía. Cuando volvió a hacerse presente ante mis ojos, ya de noche, no sólo no me sorprendió sino que podría decirse que lo estaba esperando. Casi le sostengo la puerta del portal para que pasara al entrar al edificio donde vivo.

Al ducharme tuvo el decoro de permanecer fuera del baño. Le di las gracias en voz alta sin darme cuenta. En estos tiempos en los que la gente se queja de que se están perdiendo las buenas maneras yo soy tan gentil que le doy las gracias a un borrón negro amorfo. Me dieron ganas de telefonear a mis padres para felicitarles por su buena labor a la hora de educarme. En vez de eso me puse a ver la tele con ahínco a ver si esta actividad lo hacía desaparecer. Resultó infructuoso. Cogí un libro pero no pude sumergirme en él, cada dos frases levantaba la vista y allí estaba el borrón, pero esta vez era de mayor tamaño, casi como un niño. Ya no era exactamente informe, parecía la sombra de un crío que llevara una capa con capucha.

“Se acabó. Me voy a la cama”. Y así lo hice. Y aquí estoy, tumbada y tapada hasta la coronilla para no ver a este ser que ahora tiene el tamaño de una persona, es como si fuera la muerte o un jinete oscuro sacado de “El Señor de Los Anillos”. Cuando junto valor suficiente me destapo un poquito y compruebo si sigue ahí. Y así es. Si fuera la muerte ya me hubiera llevado, ¿A qué vienen tantos jueguecitos? No sé lo que es ni lo que quiere pero ahora sí que lo que más deseo en el mundo es que se largue con viento fresco. Pero ahí sigue…

Me dormí sin darme cuenta, debió ser tardísimo. Me he despertado y seguía tapada por encima de las cejas. Me he destapado lentamente y….Aaaaaaahhhhhh! ¡Qué suspiro de alivio tan tremendo! No está. ¡Joder! No está el espectro de anoche pero el puntito sí que sigue aquí. Bueno, estoy viva. No era la muerte después de todo. No sé lo que es pero no me ha hecho daño.

 

Seis meses después

Algunos tienen mascotas convencionales como perros y gatos, otros tienen gustos exóticos y se dedican a coleccionar peces de países lejanos o esquilman los bosques para presumir de ranas tropicales o se las dan de valientes llevando a sus hogares tarántulas o serpientes. Y yo, sin comerlo ni beberlo, soy la dueña de un punto negro que va creciendo lentamente durante el día y, cuando se hace de noche pega un estirón muy grande y parece la silueta de la parca.

Como nos hemos acostumbrado el uno al otro e incluso le he cogido cariño, hemos creado una rutina. Cuando salgo y hace frío lo llevo dentro del bolso, yo no sé si nota las bajas temperaturas, pero, por si acaso; y por la noche se hace un ovillo a los pies de mi cama (no me da calor pero en verano eso se agradece, tampoco me da frío). Ya lo tengo educado: nunca entra en el baño conmigo, ni se refleja en el espejo cuando voy a peinarme o a maquillarme.

A veces, por las mañanas, baila a mi alrededor y me alegra el desayuno.

Otra peculiaridad del asunto es que solo yo puedo ver a mi mascota. Ya me había dado cuenta desde el principio pero ahora a veces me fastidia porque la gente lo pisa a menudo y, aunque no le va a pasar nada, no puedo evitar preocuparme.

¡Al fin y al cabo es mi punto negro!